lunes, 2 de diciembre de 2013

Ongi Etorri!, Sr.Mittal

11:08 am Puesto de Control de acceso a obra.

Espontaneo a trabajar: ¡Buenos días!, podría hablar con el encargado o dejar el CV en la oficina de obra. Soy Albañil, oficial de 1ª. Quería saber si hay trabajo, para que me tengan en cuenta.

Vigilante de Seguridad: Lo siento. No se recogen curriculums. Es que no se contratan extranjeros.

Espontaneo a trabajar: ¡Joder!, pero si soy de aquí.

Vigilante de Seguridad: Ya, pero la empresa que hace la estructura es portuguesa, y no contrata a extranjeros.

Espontaneo a trabajar (Poker Face)

No es un dialogo de “Vaya Semanita” o parecido programa de humor, sucedió hace unos meses en los aledaños de una de las pocas obras grandes que se están levantando en el área metropolitana de Bilbao, al lado del nuevo “San Mames”.

Se les deja un poquito y vuelven a las andadas. En este país hay una adicción al ladrillo propia de yonkis.  Fuera medias tintas: Vuelta a construir viviendas como si no hubiera pasado nada. Renuncio a entender cómo se puede acometer semejantes moles de viviendas (VPO y libre) en un mercado saturado de pisos vacios, promociones sin vender y una situación de cerrojo crediticio que convierte cualquier intento de acceder a una hipoteca en una lotería. Estas megatorres de hormigón que reciben el nombre de “Dorre Barriak”, se levantan en uno los escasos grandes espacios que aun tenía Bilbao disponible y a un ritmo impresionante. Hasta aquí, más de lo mismo señores. En teoría una obra de esta envergadura debería generar un volumen importante de trabajos en el sector local de la construcción y auxiliar, en definitiva, salarios, dar empleo al sinnúmero de profesionales que llevan atascados varios años en las listas del paro. Espejismo de una noche de verano.

Cuando digo que vuelven a las andadas es que vuelven a comportarse como siempre, desde el más descardo desprecio al entorno y a una mínima ética económica. Visión cortoplacista, show me the Money. Está todo inventado y parece que hay que seguir mirando para otro lado en pro de la recuperación de un sector, el de la construcción, que ha demostrado un comportamiento social y económico propio de una asociación de malhechores. Y esta obra es un claro ejemplo de cómo la subcontratación (en fino, outsourcing, externalizacion, etc.), sigue siendo la herramienta preferida de este sector, en realidad de la mayoría, para hacer dinero a costa de enmascarar la explotación. La consigna es evitar la contratación directa con objeto de seguir manteniendo los márgenes. Evitar la contratación directa es el camino rápido de apropiarse del valor añadido creado por la fuerza de trabajo y convertirlo en margen de beneficio propio; de este modo el cumplimiento de las obligaciones laborales se va rebajando a medida que la mercantil que verdaderamente ejecuta el trabajo, el servicio, el producto, lo que sea, se va distanciando del presupuesto original, el cual se trocea de forma vertical en una cascada de márgenes ajenos a la productividad o la mejora de la calidad, no se busca una subcontratación horizontal entendida como una especialización o suma de valores añadidos. Mi trozo del pastel es sagrado y el que venga por detrás que arree.
Pero es que tampoco siquiera se subcontrata a empresas locales, ni se plantea la opción de repartir ese trocito de margen que aún queda en los bolsillos locales, ¡qué va!, las partidas esenciales se ejecutan con empresas de otros países donde la mano de obra esté dispuesta a aceptar cualquier condición laboral, por precaria que sea. Siempre habrá alguien dispuesto a trabajar por menos, por indecente que sea ese mínimo. Primero fueron empresas de comunidades limítrofes, después de comunidades distantes en las que la tasa de paro y de actividad sectorial hacia posible localizar firmas dispuestas a rebajar sus costes temerariamente (¿imaginamos cuáles son esos costes que se rebajan, no? Después arribaron las empresas portuguesas y el cielo volvió a extender su manto protector sobre los grandes nombres de la precarización laboral de este país. Han transcurrido los años y las empresas portuguesas han dejado de ser interesantes, las obras empiezan a ser una torre de babel de búlgaros, chinos, pakistaníes…vamos, la legión extranjera. El salario del hambre a las puertas de casa. Por el precio de uno de aquí tengo seis de a tomar por saco. Y no hace falta crear una empresa del ramo con apariencia de nacional, ellos mismos las montan y se dedican a traer compatriotas como churros. Es como si nos devolvieran la visita unos primos pobres y lejanos del pueblo, que al final se enteraron de nuestra dirección en la “capital” tras ocultársela años por todos los medios. Consumimos producciones de terceros países fruto de la deslocalización salvaje que ha impuesto el capitalismo global sin importarnos lo que allí ocurre. Tiraron del hilo y llegaron al ovillo. Es lo que tiene la globalización, también ellos pueden venir aquí. ¿O que creíamos? ¿Qué por vivir en el culo del mundo y tener la piel oscura o amarilla, no se plantean que una jornada de 12h diarias, por un salario de supervivencia, es algo remotamente parecido a un futuro digno? Ellos serán los nuevos asalariados, y en todos los sectores económicos. La recesión esta allanando el camino y cuando los guardianes de la pasta (algún día asumiremos que es nuestra y no de ellos) decidan regar la finca para que florezcan masivamente los brotes verdes del nuevo empleo, sí, ese de 800€ al mes jornada completa y contrato estable de espumillón, volveremos a estar en la casilla de salida del tablero mundial, se acabo la crisis, codo con codo con las admiradas economías emergentes. Por fin los productos que compremos -bendito consumo interior- volverán a lucir la etiqueta “made in spain”, en vez esas otras exóticas de Sri Lanka, Vietnam, Taiwan. Estaremos en disposición de exportar y producir T-shirt a 2€ o placas base de portátil a 18€/ud.

Ongi Etorri!, Sr.Mittal. Estamos listos.

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